La poesía es un arma
cargada de futuro,
-ya lo dijo Celaya-,
gritos ácidos en la recámara.
Echa un vistazo al retrovisor,
y mira hacia delante, ahora,
¿no ves el mismo panorama?
Todo muta, nada cambia.
El mundo es un animal
que sangra
y agoniza.
¿Pueden salvarle los cuidados,
lamentarnos,
o acaso dispararle
a bocajarro
es la opción más humana?
Mira.
Observa su pecho hinchándose,
su corazón latiendo -más, más lento-,
su cáncer extendiéndose,
metástasis en forma
del zumbar de la bomba,
de los ecos de aquellos
que hoy abonan
los terrenos horadados
que ahora tienen nuevos dueños.
Si quema el metal del odio,
del hastío,
de la ansiedad por estar vivo
y no tener un sentido,
ni conocer el precio de una sonrisa,
dispara balas de cristal
que penetren sin ser vistas.
Francotirador en la terraza
y fuego a discreción
hasta que el amor sea el motor,
hasta que el miedo sea un sinsentido.
La poesía es un arma
y hacen falta más poetas
ni estar quieto, ni callado,
ni atacar a la sangre roja...
disparar de frente a las conciencias.
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